Siete y media de la mañana. El hombre que no tenía nada se dirigía a la parada del autobús para ir a la universidad como tantos otros días. Llegará tarde, como siempre. Parece como si ni una sola vez el jodido autobús hubiera llegado puntual.
El hombre que no tenía nada tenía novia, una buena chica que le quería y con la que no tenía problemas. O lo que es lo mismo, no tenía nada. No tenía el dolor de la soledad, no tenía la ira de una discusión, no tenía pasión de un momento ni fuego en las venas.
El autobús llegó tarde, como siempre. Como siempre, iba lleno. Como siempre un poco más lleno que el día anterior.
El hombre que no tenía nada tenía amigos. Buenos amigos. De esos que no te traicionan ni te mienten demasiado. O lo que es lo mismo, no tenía nada. No tenía el odio contra el mundo por no darle nada, ni tampoco tenía la calma de quien ha encontrado un amigo solo para él. No tenía momentos compartidos ni bromas con miradas.
Sentado en las escaleras del autobús. Al menos el día anterior había podido ir sentado en las escaleras del autobús. Ese día el autobús iba demasiado lleno incluso para eso. Y encima se estaba mareando. Cuando llegara vomitaría seguro.
El hombre que no tenía nada tenía familia, y además le querían y ayudaban cuando lo necesitaba. O lo que es lo mismo, no tenía nada. No tenía resentimiento contra su familia por el desprecio, ni tampoco tenía ese sentimiento de cariño que surge de ser parte de ellos. No tenía familiaridad, ni risas cómplices.
Al bajar del autobús fue al servicio a lavarse la cara para despejarse, y, de paso, vomitó. No era un buen día. "Pocas cosas más me pueden salir mal" se dijo mirándose al espejo. Justo en ese momento resbaló y se golpeó la frente con el borde del aseo. Desafortunadamente, no sufrió daños graves y salió del servicio. Fue hacia clase, riéndose.
El hombre que no tenía nada tenía un futuro. O lo que es lo mismo, no tenía nada. No tenía motivos para rebelarse, ni tenía el mundo a sus pies. No tenía presente, ya que lo ahorraba para el futuro, ni pasado, ya que lo había derrochado.
Al llegar a clase se dio cuenta de que sangraba. No había dejado de reírse desde que había salido del servicio. Paró de golpe. "Qué extraño" pensó, "tengo sangre". Y empezó a reírse de nuevo, con más ganas que antes.
El hombre que no tenía nada tenía valor. O lo que es lo mismo, no tenía nada. No tenía la cobardía suficiente para dejar atrás sus problemas con la solución que propuso Shakespeare en Hamlet, ni tenía la estupidez necesaria para seguir viviendo. No tenía piel de héroe ni alma de sabio.
No tenía nada. Y estaba muerto porque no tenía vida que vivir. Muerto en vida. Porque no tenía nada.
Ser o no ser. Esa es la reflexión.
martes, mayo 31, 2005
jueves, mayo 26, 2005
Paranoico
Este post y los dos anteriores son el comienzo de una historia más larga que tengo en mente titulada Noches de Locura (título provisional, incluso a mí me parece una mierda de título). A algunos os sonarán, pero tenía que subirlos.
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-Ey, tío, ¿sabías que los fuegos artificiales los inventaron los ingleses y los alemanes en un trabajo conjunto en los años 40?
-¡Pero qué dices! ¡Los fuegos artificiales los inventaron los chinos en el siglo VI!
-Bueno, esos no eran de verdad, los verdaderos fuegos artificiales los inventaron los alemanes de la Luftwaffe en Londres. ¡Los ingleses se morían por verlos!
-Eres un sádico.
-¡Bien por Hitler, que inventó los fuegos artificiales de la era moderna!
-¿Sabes qué es lo peor? Que cualquiera que no te conozca pensaría que hablas en serio.
-Y hablo en serio. ¿Cuando has visto que no hable yo en serio? Soy una persona seria. Mira, esa explosión parece la cabeza de Churchill.
-¿Te habían dicho alguna vez que eres un auténtico idiota?
-Qué curioso. Mi madre me preguntó lo mismo esta mañana.
-¿Y qué le contestaste?
-Que era curioso, porque mi novia me había preguntado lo mismo la noche anterior.
-No hay forma de hablar contigo.
-En eso te equivocas. Se puede hablar conmigo perfectamente. Lo que pasa es que tú esperas que yo te responda coherentemente.
-Paso de ti.
-Si fuera cierto, no me lo dirías.
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-Ey, tío, ¿sabías que los fuegos artificiales los inventaron los ingleses y los alemanes en un trabajo conjunto en los años 40?
-¡Pero qué dices! ¡Los fuegos artificiales los inventaron los chinos en el siglo VI!
-Bueno, esos no eran de verdad, los verdaderos fuegos artificiales los inventaron los alemanes de la Luftwaffe en Londres. ¡Los ingleses se morían por verlos!
-Eres un sádico.
-¡Bien por Hitler, que inventó los fuegos artificiales de la era moderna!
-¿Sabes qué es lo peor? Que cualquiera que no te conozca pensaría que hablas en serio.
-Y hablo en serio. ¿Cuando has visto que no hable yo en serio? Soy una persona seria. Mira, esa explosión parece la cabeza de Churchill.
-¿Te habían dicho alguna vez que eres un auténtico idiota?
-Qué curioso. Mi madre me preguntó lo mismo esta mañana.
-¿Y qué le contestaste?
-Que era curioso, porque mi novia me había preguntado lo mismo la noche anterior.
-No hay forma de hablar contigo.
-En eso te equivocas. Se puede hablar conmigo perfectamente. Lo que pasa es que tú esperas que yo te responda coherentemente.
-Paso de ti.
-Si fuera cierto, no me lo dirías.
Niños
Muchos niños piensan que hay “cosas” en la oscuridad de su cuarto. A los veintiún años he tenido tiempo más que de sobra para comprobarlo. Estoy seguro de que hay “cosas” en la oscuridad de mi cuarto. Es más, no puedo entender a esa gente que dice que en la oscuridad no hay nada que temer. Claro que hay cosas en la oscuridad, las veo cuando está encendida la luz. Hay mesas, sillas, lámparas... Y todas esperando la oportunidad de abalanzarse contra mí. ¿Que me levanto al servicio? Las sillas, que son dos, se convierten en siete y se tiran ante mí para que me caiga, y así la lámpara de pie, que debería estar en la esquina pero siempre está en medio, tiene camino libre para caerse por voluntad propia y dejarme inconsciente. Cuatro veces ya. Y la malvada almohada, en cuando te distraes y la sueltas, se enreda con las mantas y se lanza contra tu cara para ahogarte. Dos veces.
También existen los monstruos, cuyo hábitat natural suele ser el armario o la zona de debajo de la cama, aunque ambos grupos se llevan muy mal desde que un grupo incontrolado de debajitos puso una bomba fétida en un armario. Desde entonces ni se prestan monedas para la maquina de café ni nada de nada. El de mi habitación es de los del armario y se llama Destruyeydevora González López, Dedé para los amigos. Su madre era una monstruo de alta alcurnia y su padre una marsopa, lo que hace su aspecto aterrador y que la gente le mire por la calle y se ría de él.
Me llevo bien con Dedé. Es un buen compañero de habitación. A veces, en mitad de la noche, Dedé empieza a gritar: “¡Cuidado, cuidado!¡Que la mesilla de tu izquierda te ataca!¡Deja de rodar hacia ese lado, que te vas a abrir la cabeza!”. E, indefectiblemente, no dejo de rodar hacia ese lado y me abro la cabeza. Siete veces ya. La última fueron doce puntos de sutura. Pero hay que reconocer que Dedé lo intenta.
Se lo presenté a mi padre. Me hizo caso durante casi veinte segundos, tiempo suficiente para, tras cerciorarse de que de veras yo era su hijo (tuve que sacar el carné de identidad) preguntar: “¿Debo archivarlo en mi cerebro como monstruosidad salida del infierno o como amigo de mi hijo?” “Como ambas cosas, papá”, respondí. “Ah, entonces como los amigos de Paco”. Paco es mi hermano mayor, que es jevi.
El anterior psicólogo decía que Dedé no existía, que era un amigo imaginario que yo me había inventado y que tenía que madurar y dejar de creer en cuentos de hadas. Así que, en cuanto llegué a casa se lo dije a Dedé, pero no se tomó muy bien lo de no existir. Fue a la consulta, se comió a la secretaria y dos ficus que había para adornar y le dijo al psicólogo que no me metiera ideas raras en la cabeza. Desde entonces yo tengo otro psicólogo y el anterior está en un centro, ingresado, mientras otros psicólogos le dicen que Dedé no existe.
La única pega de convivir con Dedé es que deja los huesos roídos de sus víctimas en el suelo del armario, así que como un día me ponga a buscar los patines voy a ir jodido entre calaveras, fémures y costillas. Pero bueno, nada que no me pasara ya cuando compartía habitación con Paco, que es jugador de rol.
También existen los monstruos, cuyo hábitat natural suele ser el armario o la zona de debajo de la cama, aunque ambos grupos se llevan muy mal desde que un grupo incontrolado de debajitos puso una bomba fétida en un armario. Desde entonces ni se prestan monedas para la maquina de café ni nada de nada. El de mi habitación es de los del armario y se llama Destruyeydevora González López, Dedé para los amigos. Su madre era una monstruo de alta alcurnia y su padre una marsopa, lo que hace su aspecto aterrador y que la gente le mire por la calle y se ría de él.
Me llevo bien con Dedé. Es un buen compañero de habitación. A veces, en mitad de la noche, Dedé empieza a gritar: “¡Cuidado, cuidado!¡Que la mesilla de tu izquierda te ataca!¡Deja de rodar hacia ese lado, que te vas a abrir la cabeza!”. E, indefectiblemente, no dejo de rodar hacia ese lado y me abro la cabeza. Siete veces ya. La última fueron doce puntos de sutura. Pero hay que reconocer que Dedé lo intenta.
Se lo presenté a mi padre. Me hizo caso durante casi veinte segundos, tiempo suficiente para, tras cerciorarse de que de veras yo era su hijo (tuve que sacar el carné de identidad) preguntar: “¿Debo archivarlo en mi cerebro como monstruosidad salida del infierno o como amigo de mi hijo?” “Como ambas cosas, papá”, respondí. “Ah, entonces como los amigos de Paco”. Paco es mi hermano mayor, que es jevi.
El anterior psicólogo decía que Dedé no existía, que era un amigo imaginario que yo me había inventado y que tenía que madurar y dejar de creer en cuentos de hadas. Así que, en cuanto llegué a casa se lo dije a Dedé, pero no se tomó muy bien lo de no existir. Fue a la consulta, se comió a la secretaria y dos ficus que había para adornar y le dijo al psicólogo que no me metiera ideas raras en la cabeza. Desde entonces yo tengo otro psicólogo y el anterior está en un centro, ingresado, mientras otros psicólogos le dicen que Dedé no existe.
La única pega de convivir con Dedé es que deja los huesos roídos de sus víctimas en el suelo del armario, así que como un día me ponga a buscar los patines voy a ir jodido entre calaveras, fémures y costillas. Pero bueno, nada que no me pasara ya cuando compartía habitación con Paco, que es jugador de rol.
Intento de Suicidio
"Maldita sea" dijo para sí.
Esta vez la cosa se le había ido de las manos. No debería haber metido los genitales en la batidora. Era, con diferencia, el intento de suicidio más chorra del último año. Incluso más que la vez que intentó cortarse las venas con una hoja de papel de la Biblia. El libro de Job, para ser exactos. Aunque más o menos este último intento se encuadraría en la misma clase de cuando se metió en el ano un petardo de carpintero.
El fallo era el hecho de que la batidora era demasiado profunda como para que pudiera llegar hasta las cuchillas, y lo único que había conseguido era un doloroso pero ni por casualidad mortal corte en la punta del capullo.
Y además el maldito corte no dejaba de sangrar. No demasiado, claro. Estaba seguro que no se desangraría, pero no podía subirse los calzoncillos. Lo había intentado, pero era asqueroso. La sangre le formaba grumos en los pelos y empapaba la tela del gallumbo. Y escocía el cortecito, vaya si escocía.
Sopesando sus posibilidades, se dio cuenta de que una tirita no bastaría para detener la hemorragia, así que decidió llamar de nuevo a la ambulancia.
Cuando llegaron los chicos de la cruz roja les saludó por sus nombres. Al fin y al cabo, después de tanto tiempo de relación, te acabas llevando bien. Aunque lo que más le unió a ellos fue lo del petardo. Sin duda. Que dos tíos te lleven al hospital con el ano reventado y echando humo une de verdad.
Cuando les abrió la puerta y vieron que no llevaba pantalones y sangraba de la punta del pene se quedaron blancos. Siempre era lo mismo. Desde la vez que lo intentó lanzándose por la ventana (a pesar de vivir en un primer piso) siempre habían venido los mismos chicos a atenderle. Bueno, no siempre los mismos, eran estos o sino el chico bajito y el otro, el que parecía muy joven. Pero con esos no tenía tanta confianza.
Le caían bien. A las que no soportaba era a las enfermeras del hospital. "Menudas perras" pensaba para él. Siempre se reían de él, ni siquiera se guardaban de que no las viese.
Le llevaron a la ambulancia e intentaron parar el pequeño torrente de sangre con gasas al menos lo suficiente para llevarlo al hospital sin que todo se pusiera hecho un asco. Daba igual. Todo se puso hecho un asco igualmente.
Lo peor sería cuando sus padres se enteraran. Porque una cosa era tener un hijo suicida y otra muy distinta tener un hijo gilipollas. No tonto, no; gilipollas. Y limpiar la batidora. Bueno. Al menos eso sería divertido.
Esta vez la cosa se le había ido de las manos. No debería haber metido los genitales en la batidora. Era, con diferencia, el intento de suicidio más chorra del último año. Incluso más que la vez que intentó cortarse las venas con una hoja de papel de la Biblia. El libro de Job, para ser exactos. Aunque más o menos este último intento se encuadraría en la misma clase de cuando se metió en el ano un petardo de carpintero.
El fallo era el hecho de que la batidora era demasiado profunda como para que pudiera llegar hasta las cuchillas, y lo único que había conseguido era un doloroso pero ni por casualidad mortal corte en la punta del capullo.
Y además el maldito corte no dejaba de sangrar. No demasiado, claro. Estaba seguro que no se desangraría, pero no podía subirse los calzoncillos. Lo había intentado, pero era asqueroso. La sangre le formaba grumos en los pelos y empapaba la tela del gallumbo. Y escocía el cortecito, vaya si escocía.
Sopesando sus posibilidades, se dio cuenta de que una tirita no bastaría para detener la hemorragia, así que decidió llamar de nuevo a la ambulancia.
Cuando llegaron los chicos de la cruz roja les saludó por sus nombres. Al fin y al cabo, después de tanto tiempo de relación, te acabas llevando bien. Aunque lo que más le unió a ellos fue lo del petardo. Sin duda. Que dos tíos te lleven al hospital con el ano reventado y echando humo une de verdad.
Cuando les abrió la puerta y vieron que no llevaba pantalones y sangraba de la punta del pene se quedaron blancos. Siempre era lo mismo. Desde la vez que lo intentó lanzándose por la ventana (a pesar de vivir en un primer piso) siempre habían venido los mismos chicos a atenderle. Bueno, no siempre los mismos, eran estos o sino el chico bajito y el otro, el que parecía muy joven. Pero con esos no tenía tanta confianza.
Le caían bien. A las que no soportaba era a las enfermeras del hospital. "Menudas perras" pensaba para él. Siempre se reían de él, ni siquiera se guardaban de que no las viese.
Le llevaron a la ambulancia e intentaron parar el pequeño torrente de sangre con gasas al menos lo suficiente para llevarlo al hospital sin que todo se pusiera hecho un asco. Daba igual. Todo se puso hecho un asco igualmente.
Lo peor sería cuando sus padres se enteraran. Porque una cosa era tener un hijo suicida y otra muy distinta tener un hijo gilipollas. No tonto, no; gilipollas. Y limpiar la batidora. Bueno. Al menos eso sería divertido.
jueves, marzo 17, 2005
Manifiesto del Buitre
1.- La vida es una broma. El que no se ría es que no ha pillado el chiste.
2.- No me río de ti, me río contigo (aunque tú no te rías).
3.- Si me río de ti, ríe conmigo. Si te ríes de mí, reiré contigo.
4.- Soy un buitre, soy omnívoro. Me río de todo.
5.- No existe lo sagrado ni lo maldito. Todo es bueno para una broma.
6.- Cuando me pase, dímelo, me corregiré. Si te ofendes es culpa tuya.
7.- No soy insensible, el buitre no come de una herida sangrante.
8.- Todo el mundo es buitre en algún momento de su vida. Date tiempo.
9.- Las réplicas, por favor, ingeniosas. Para oir “y tú más” ya tengo sobrinos pequeños.
10.- No malinterpretes mis palabras, las bromas sólo son bromas.
11.- Yo digo muchas cosas. Que me creas es cosa tuya.
12.- A veces digo lo que pienso, otras sólo intento molestar. Aprende a distinguirlas. Yo no voy a cambiar.
13.- Si te duele lo que digo, dímelo. Si no me lo dices, supondré que no te duele.
14.- Yo no maté a Kennedy, pero ahora que lo dices, sé un chiste muy bueno sobre eso.
15.- El mundo no se merece una segunda mirada si no es para reírse de él. Y tengo toda una vida por delante.
16.- Hay gente que da material de sobra para reírse. Tú, seas quien seas, eres uno de ellos. Yo soy otro.
17.- Si no sabes que estoy haciendo, da por sentado que me estoy riendo de ti. Si no lo estoy haciendo, seguramente lo haré después.
18.- Ríete de la vida o ella se reirá de ti. Y lo tendrás merecido.
19.- Nunca me río a tu espalda. Si hablo en serio, te lo diré a la cara, si bromeo, ¿qué más me da que lo sepas?
20.- Ríete de mi broma, el siguiente blanco eres tú.
2.- No me río de ti, me río contigo (aunque tú no te rías).
3.- Si me río de ti, ríe conmigo. Si te ríes de mí, reiré contigo.
4.- Soy un buitre, soy omnívoro. Me río de todo.
5.- No existe lo sagrado ni lo maldito. Todo es bueno para una broma.
6.- Cuando me pase, dímelo, me corregiré. Si te ofendes es culpa tuya.
7.- No soy insensible, el buitre no come de una herida sangrante.
8.- Todo el mundo es buitre en algún momento de su vida. Date tiempo.
9.- Las réplicas, por favor, ingeniosas. Para oir “y tú más” ya tengo sobrinos pequeños.
10.- No malinterpretes mis palabras, las bromas sólo son bromas.
11.- Yo digo muchas cosas. Que me creas es cosa tuya.
12.- A veces digo lo que pienso, otras sólo intento molestar. Aprende a distinguirlas. Yo no voy a cambiar.
13.- Si te duele lo que digo, dímelo. Si no me lo dices, supondré que no te duele.
14.- Yo no maté a Kennedy, pero ahora que lo dices, sé un chiste muy bueno sobre eso.
15.- El mundo no se merece una segunda mirada si no es para reírse de él. Y tengo toda una vida por delante.
16.- Hay gente que da material de sobra para reírse. Tú, seas quien seas, eres uno de ellos. Yo soy otro.
17.- Si no sabes que estoy haciendo, da por sentado que me estoy riendo de ti. Si no lo estoy haciendo, seguramente lo haré después.
18.- Ríete de la vida o ella se reirá de ti. Y lo tendrás merecido.
19.- Nunca me río a tu espalda. Si hablo en serio, te lo diré a la cara, si bromeo, ¿qué más me da que lo sepas?
20.- Ríete de mi broma, el siguiente blanco eres tú.
miércoles, marzo 16, 2005
Yo Estuve Allí
Yo estuve allí. Palanthas, Minas Tirith, Arrakis, la escuela de batalla, Trántor, Melniboné, Ank-Morpork, Menzoberranzan.
Yo estuve allí. Luche y morí, corrí, reí, bebí, escuché, comprendí e hice amigos para toda la vida. Me alegré con ellos o lloré con ellos, pero siempre con ellos.
Raistlin, Aragorn, Paul, Ender, el Mulo, Elric, Rincewind, Drizzt. Parte de mi vida, parte de mí. Cada uno me enseñó algo, cada uno a su manera era especial.
Esto es algo que nadie me quitará jamás.
Cuando alguien me pregunta porque me gusta tanto leer, yo sonrío. Esas personas jamás comprenderán que yo no leo, sino que viajo. Y al viajar conozco gente, gente que se marca en mi mente y no desaparece, que vivirá mucho más que él o yo. Gente de verdad, no sueños fugaces como nosotros. Esas personas jamás verán las torres de hechicería ni las llanuras de Rohan. No correrán por las arenas de Dune junto a los fedaykin, ni jugarán a la bebida del gigante mientras el jefe de batallón hace planes para la siguiente simulación de combate, no sentirán la magnitud de los campos de metal ni entrarán en la universidad invisible, no verán una gran oscuridad de estalactitas y estalagmitas.
Cuando escribes sobre lo que sientes, no puedes entrar tanto como quisieras. Al fin y al cabo, debes resultar comprensible. Por ello no os presento a muchos de mis amigos, porque en todo libro los encuentras, Linar o Garion, Cornelius, Bran, Simón, Simkin, Haplo, Atrus, Hazel...
¿La vida real? Esto es la vida real.
Yo estuve allí. Luche y morí, corrí, reí, bebí, escuché, comprendí e hice amigos para toda la vida. Me alegré con ellos o lloré con ellos, pero siempre con ellos.
Raistlin, Aragorn, Paul, Ender, el Mulo, Elric, Rincewind, Drizzt. Parte de mi vida, parte de mí. Cada uno me enseñó algo, cada uno a su manera era especial.
Esto es algo que nadie me quitará jamás.
Cuando alguien me pregunta porque me gusta tanto leer, yo sonrío. Esas personas jamás comprenderán que yo no leo, sino que viajo. Y al viajar conozco gente, gente que se marca en mi mente y no desaparece, que vivirá mucho más que él o yo. Gente de verdad, no sueños fugaces como nosotros. Esas personas jamás verán las torres de hechicería ni las llanuras de Rohan. No correrán por las arenas de Dune junto a los fedaykin, ni jugarán a la bebida del gigante mientras el jefe de batallón hace planes para la siguiente simulación de combate, no sentirán la magnitud de los campos de metal ni entrarán en la universidad invisible, no verán una gran oscuridad de estalactitas y estalagmitas.
Cuando escribes sobre lo que sientes, no puedes entrar tanto como quisieras. Al fin y al cabo, debes resultar comprensible. Por ello no os presento a muchos de mis amigos, porque en todo libro los encuentras, Linar o Garion, Cornelius, Bran, Simón, Simkin, Haplo, Atrus, Hazel...
¿La vida real? Esto es la vida real.
Mitología, Conversación Primera
-Ya te lo he dicho, Ulises, jamás permitiré que ese barco entre en el puerto de Troya si no juras.
-Maldito seas, ¿vas a dejar que muera más gente por tu asqueroso orgullo?
-Lo mismo podría preguntarte yo a ti. Te recuerdo que fuiste tú el que empezó nuestra disputa. Y no estoy acostumbrado a ceder ante mortales.
-Sabes que no es orgullo.
-¿Y qué me dices de tu mujer? Ella te está esperando aún en Ítaca. Y se que aún la quieres, Afrodita me lo ha dicho.
-Por supuesto que la quiero. Penélope es mi reina. Pero llevo diez años sin verla, diez largos años sólo. Ella es mi guerrera, mi compañera.
-¡Pues que sea sólo eso! Deja de pasar las noches con ella, deja que venga a mí, y volverás a casa.
-¡Ella no te quiere! Sabes que le encantaría saquear tus templos y matar a tus vírgenes. ¿Porqué crees que va a cambiar de opinión?
-¡Porque no tiene otra opción! ¡Porque soy un dios, maldita sea!
Sus miradas se cruzaron por largo rato. Poseidón, bello, altivo, inmutable. Ulises, barba entrecana mal recortada, que fue negra en la plena juventud, ropa andrajosa pero claramente rica, destrozada por la lucha, ojos oscuros y hundidos. Y en el fondo, dos puntos brillantes. De repente empezó a reír.
-Jajaja, no conoces a Anaucäa. Muy bien, juro. Pero no puedo hablar por ella. Juro que dejaré que vaya a ti si así lo quiere, juro que no la volveré a buscar entre mis sábanas, que será amiga, compañera, hermana de armas. Veremos que dice ella de esto.
-Maldito seas, ¿vas a dejar que muera más gente por tu asqueroso orgullo?
-Lo mismo podría preguntarte yo a ti. Te recuerdo que fuiste tú el que empezó nuestra disputa. Y no estoy acostumbrado a ceder ante mortales.
-Sabes que no es orgullo.
-¿Y qué me dices de tu mujer? Ella te está esperando aún en Ítaca. Y se que aún la quieres, Afrodita me lo ha dicho.
-Por supuesto que la quiero. Penélope es mi reina. Pero llevo diez años sin verla, diez largos años sólo. Ella es mi guerrera, mi compañera.
-¡Pues que sea sólo eso! Deja de pasar las noches con ella, deja que venga a mí, y volverás a casa.
-¡Ella no te quiere! Sabes que le encantaría saquear tus templos y matar a tus vírgenes. ¿Porqué crees que va a cambiar de opinión?
-¡Porque no tiene otra opción! ¡Porque soy un dios, maldita sea!
Sus miradas se cruzaron por largo rato. Poseidón, bello, altivo, inmutable. Ulises, barba entrecana mal recortada, que fue negra en la plena juventud, ropa andrajosa pero claramente rica, destrozada por la lucha, ojos oscuros y hundidos. Y en el fondo, dos puntos brillantes. De repente empezó a reír.
-Jajaja, no conoces a Anaucäa. Muy bien, juro. Pero no puedo hablar por ella. Juro que dejaré que vaya a ti si así lo quiere, juro que no la volveré a buscar entre mis sábanas, que será amiga, compañera, hermana de armas. Veremos que dice ella de esto.
viernes, marzo 04, 2005
El Sueño de un Mago
Crucé la puerta de mi habitación, una puerta que antes no estaba. Al otro lado, a mis pies enmarcado por la luz que se escapaba de mi habitación, un campo de verde hierba oleaba bajo la brisa. La noche allí era suave y estrellada; como seda negra me acogía y me llamaba cariñosamente. No se veía la luna por ninguna parte, pero el brillo de la noche era intenso, y supe que, estuviera donde estuviese, estaría casi llena. Allí donde no llegaba la luz que salía de la puerta, veía el amoroso reflejo de la luna en las vigorosas briznas de hierba. Las estrellas parecían sonreírme, y yo les sonreí a ellas. La Vía Láctea, o algo parecido a la Vía Láctea pero más intenso, brillaba en lo alto. Mi corazón estaba en paz.
En el centro de la verde pradera había una pequeña colinita, un simple terruño, poco más, y en lo alto de esa colinita un enorme árbol. Era un roble. Yo no sé nada de árboles, difícilmente distingo unos de otros, pero estoy seguro de que era un roble. Enorme, bello, frondoso. Solo el roble se veía en la vasta llanura ondulante, en el inmenso mar de oscura majestad. Ninguna montaña a lo lejos, ninguna casa. Ningún árbol más ni desnivel alguno. Solo el roble en su pequeño montículo, hierba verde, oscuridad y las estrellas. Y la brisa me acariciaba, descalzo y con el torso desnudo, súbitamente levantado de la cama.
Me acerqué al grandioso árbol, y allí vi, al acercarme, una pequeña silueta entre sus raíces, a un metro aproximado del mismo tronco. Seguí acercándome, pues no tenía miedo, estaba en mi lugar de poder. Unos metros alrededor del gran árbol, unos tres metros, no estaban cubiertos de verde hierba, solo tierra desnuda. Pero incluso esta tierra se veía llena de vida, irradiaba sensación de felicidad. Y, allí, en esa pequeña corona marrón del montículo del que nacía mi bellísimo árbol, había un pequeño enano, barbudo y fornido, elegantemente vestido, con ropajes rojos de mercader, con un sombrero de ala ancha emplumado calado a la cabeza, arrodillado y concentrado en algo que yo no podía ver.
Me acerqué hasta casi tocarle, y él ni siquiera se giró a mirarme. Me incliné entonces ligeramente por encima de su hombro y miré en que estaba concentrado aquel hombrecillo, movido por mi curiosidad. Era un puzzle casi acabado, solo faltaba colocar la última pieza.
Suavemente el enano se giró y, con el ceño fruncido, me dijo: “¿Puedes ayudarme? No sé acabarlo”. Mientras hablaba su expresión mutó en un amable gesto de leve desesperación. Y supe que era verdad que no sabía acabarlo.
Me agaché y recogí la pieza suelta, y la coloqué en su lugar. El enano sonrió con su ancha y barbuda cara y dijo: ”Gracias”. Y yo le sonreí.
Levanté la vista al cielo. Las estrellas, con una suave aureola azul, había formado el dibujo de una calmada mujer, el pelo cayendo sobre sus hombros y corriendo después hacia atrás en una innatural línea recta. Era bella, bellísima, como nada humano puede ser. No me hizo sentir amor, me hizo sentir arte.
Junto a mí, el enano dijo: “Es hermosa, ¿eh? Es una diosa”. Con la boca abierta le miré y vi que miraba el mismo cielo que yo. Me volví a mirar de nuevo el cielo sabiendo que, sin duda, era verdad.
En el centro de la verde pradera había una pequeña colinita, un simple terruño, poco más, y en lo alto de esa colinita un enorme árbol. Era un roble. Yo no sé nada de árboles, difícilmente distingo unos de otros, pero estoy seguro de que era un roble. Enorme, bello, frondoso. Solo el roble se veía en la vasta llanura ondulante, en el inmenso mar de oscura majestad. Ninguna montaña a lo lejos, ninguna casa. Ningún árbol más ni desnivel alguno. Solo el roble en su pequeño montículo, hierba verde, oscuridad y las estrellas. Y la brisa me acariciaba, descalzo y con el torso desnudo, súbitamente levantado de la cama.
Me acerqué al grandioso árbol, y allí vi, al acercarme, una pequeña silueta entre sus raíces, a un metro aproximado del mismo tronco. Seguí acercándome, pues no tenía miedo, estaba en mi lugar de poder. Unos metros alrededor del gran árbol, unos tres metros, no estaban cubiertos de verde hierba, solo tierra desnuda. Pero incluso esta tierra se veía llena de vida, irradiaba sensación de felicidad. Y, allí, en esa pequeña corona marrón del montículo del que nacía mi bellísimo árbol, había un pequeño enano, barbudo y fornido, elegantemente vestido, con ropajes rojos de mercader, con un sombrero de ala ancha emplumado calado a la cabeza, arrodillado y concentrado en algo que yo no podía ver.
Me acerqué hasta casi tocarle, y él ni siquiera se giró a mirarme. Me incliné entonces ligeramente por encima de su hombro y miré en que estaba concentrado aquel hombrecillo, movido por mi curiosidad. Era un puzzle casi acabado, solo faltaba colocar la última pieza.
Suavemente el enano se giró y, con el ceño fruncido, me dijo: “¿Puedes ayudarme? No sé acabarlo”. Mientras hablaba su expresión mutó en un amable gesto de leve desesperación. Y supe que era verdad que no sabía acabarlo.
Me agaché y recogí la pieza suelta, y la coloqué en su lugar. El enano sonrió con su ancha y barbuda cara y dijo: ”Gracias”. Y yo le sonreí.
Levanté la vista al cielo. Las estrellas, con una suave aureola azul, había formado el dibujo de una calmada mujer, el pelo cayendo sobre sus hombros y corriendo después hacia atrás en una innatural línea recta. Era bella, bellísima, como nada humano puede ser. No me hizo sentir amor, me hizo sentir arte.
Junto a mí, el enano dijo: “Es hermosa, ¿eh? Es una diosa”. Con la boca abierta le miré y vi que miraba el mismo cielo que yo. Me volví a mirar de nuevo el cielo sabiendo que, sin duda, era verdad.
martes, febrero 08, 2005
La Tristeza del que Crea.
Hoy estoy triste. Hoy he estado escribiendo algo que no me gusta, algo que odio, he escrito la muerte de un personaje del que me siento cercano. Me ha quedado bien.
Cuando creas pones algo de ti en lo que haces. Así, cuando narras una muerte, algo de ti muere también, cuando esbozas una historia algo de ti pasa a ser ella.
Por eso lo entiendo. JMS lucha por él mismo, no lucha por algo que le gusta. Yo, nosotros, podemos luchar también, pero no será lo mismo. Es parte de nosotros, pero es real, es auténtico para él. Es él.
Imaginad que creáis algo excepcional. Imaginad que es increíble, que habéis puesto todo, que la gente lo adora, que todo el increíble esfuerzo, la paciencia y el pedacito de corazón que habéis dejado pegado en una esquina ha valido la pena.
Imaginad ahora que vienen unos tíos y empiezan a cambiarlo, a convertirlo en más de lo mismo, a hacer que lo excepcional se convierta en vulgar. Y, de paso, arrancan lo que pueden del corazón de la esquinita.
Imaginad que aguantáis, que seguís adelante porque, al menos, hay un cachito todavía de vosotros en ello, aunque intenten evitarlo.
Y ahora imaginad que podéis decir que no, que lo que está es lo que es.
NO AL RECASTING DE BABILON 5.
Cuando creas pones algo de ti en lo que haces. Así, cuando narras una muerte, algo de ti muere también, cuando esbozas una historia algo de ti pasa a ser ella.
Por eso lo entiendo. JMS lucha por él mismo, no lucha por algo que le gusta. Yo, nosotros, podemos luchar también, pero no será lo mismo. Es parte de nosotros, pero es real, es auténtico para él. Es él.
Imaginad que creáis algo excepcional. Imaginad que es increíble, que habéis puesto todo, que la gente lo adora, que todo el increíble esfuerzo, la paciencia y el pedacito de corazón que habéis dejado pegado en una esquina ha valido la pena.
Imaginad ahora que vienen unos tíos y empiezan a cambiarlo, a convertirlo en más de lo mismo, a hacer que lo excepcional se convierta en vulgar. Y, de paso, arrancan lo que pueden del corazón de la esquinita.
Imaginad que aguantáis, que seguís adelante porque, al menos, hay un cachito todavía de vosotros en ello, aunque intenten evitarlo.
Y ahora imaginad que podéis decir que no, que lo que está es lo que es.
NO AL RECASTING DE BABILON 5.
domingo, febrero 06, 2005
Gracias, señoras y caballeros.
Gracias.
Gracias a la Pantera Doméstica, porque, de vez en cuando, me escucha, porque está ahí para mi, porque es mi apoyo y mi sustento.
Gracias al Faraón, porque puedo confiar en él.
Gracias al Samurai Solitario, porque siempre es interesante.
Gracias a Hamtara, porque sigue siendo inocente, porque no teme equivocarse.
Gracias a la Mascotita Electrónica, porque sonríe.
Gracias al Negro Más Negro, porque me hace reir.
Gracias a la Pervertidilla, porque no hay persona más santa.
Gracias a la Enderiana, porque, en realidad, aunque intente disimularlo, es buena persona.
Gracias a la Viajera Argentina, porque ha encontrado un sitio con nosotros.
Gracias al Ladrón de Guante Blanco y sus compinches, porque son jóvenes e inteligentes, lo que un día fui yo.
Gracias al Filósofo Riojano, porque ha estado conmigo a las duras y a las maduras.
Gracias al Extraterrestre Greñudo, porque es mi compañero.
Gracias a la Gran Pucelana, porque el tiempo y la distancia no merman la amistad.
Gracias a los demás, a los que no nombro pero me gustaría nombrar. Gracias.
Gracias a la Pantera Doméstica, porque, de vez en cuando, me escucha, porque está ahí para mi, porque es mi apoyo y mi sustento.
Gracias al Faraón, porque puedo confiar en él.
Gracias al Samurai Solitario, porque siempre es interesante.
Gracias a Hamtara, porque sigue siendo inocente, porque no teme equivocarse.
Gracias a la Mascotita Electrónica, porque sonríe.
Gracias al Negro Más Negro, porque me hace reir.
Gracias a la Pervertidilla, porque no hay persona más santa.
Gracias a la Enderiana, porque, en realidad, aunque intente disimularlo, es buena persona.
Gracias a la Viajera Argentina, porque ha encontrado un sitio con nosotros.
Gracias al Ladrón de Guante Blanco y sus compinches, porque son jóvenes e inteligentes, lo que un día fui yo.
Gracias al Filósofo Riojano, porque ha estado conmigo a las duras y a las maduras.
Gracias al Extraterrestre Greñudo, porque es mi compañero.
Gracias a la Gran Pucelana, porque el tiempo y la distancia no merman la amistad.
Gracias a los demás, a los que no nombro pero me gustaría nombrar. Gracias.
viernes, febrero 04, 2005
Los héroes van al infierno
La gente cree que los héroes van al cielo, que sus nobles actos les redimen. Nada más lejos de la realidad.
Los héroes que conocemos no suelen ser más que cabrones demasiado inteligentes, que son capaces de engañar a la gente y que les tengan en un altar. Suelen ser figuras carismáticas, o se les da ese aspecto. Sus enemigos muy a menudo tienen razón, pero es tan fácil pervertir una causa y convertirla en lo contrario de lo que es que resulta abrumador.
Unas veces no son ellos mismos los que se hacen héroes. Por ejemplo, cogemos alguna figura de “héroe rebelde”. Si pasas por alto que era un asesino y le encantaba matar, que hacía ejecutar a todos sus prisioneros y devastaba aldeas completas y se reía mientras tanto, el genocida era valiente y luchaba por una causa en la que creía. Entregó la vida por esa causa. Claro, eso si no cuentas que en realidad fue ajusticiado como criminal de guerra. Pero le mataron sus enemigos. Obviemos los aspectos negativos, que desaparezcan perdidos en un mar de mentiras, rumores y mitos. Y así ya tenemos un símbolo para nuestra causa, sea justa o no.
Otras veces sí se hacen héroes ellos mismos. El victimismo, la política y (como hace no mucho me recordaron) el cinismo son las armas que forjan al héroe. Y la mentira, claro. Esa gran aliada cuando no te importa más que tu propio trasero.
Pero sea una cosa o la otra, los héroes no son héroes. No existen los héroes. Son los padres.
Los héroes que conocemos no suelen ser más que cabrones demasiado inteligentes, que son capaces de engañar a la gente y que les tengan en un altar. Suelen ser figuras carismáticas, o se les da ese aspecto. Sus enemigos muy a menudo tienen razón, pero es tan fácil pervertir una causa y convertirla en lo contrario de lo que es que resulta abrumador.
Unas veces no son ellos mismos los que se hacen héroes. Por ejemplo, cogemos alguna figura de “héroe rebelde”. Si pasas por alto que era un asesino y le encantaba matar, que hacía ejecutar a todos sus prisioneros y devastaba aldeas completas y se reía mientras tanto, el genocida era valiente y luchaba por una causa en la que creía. Entregó la vida por esa causa. Claro, eso si no cuentas que en realidad fue ajusticiado como criminal de guerra. Pero le mataron sus enemigos. Obviemos los aspectos negativos, que desaparezcan perdidos en un mar de mentiras, rumores y mitos. Y así ya tenemos un símbolo para nuestra causa, sea justa o no.
Otras veces sí se hacen héroes ellos mismos. El victimismo, la política y (como hace no mucho me recordaron) el cinismo son las armas que forjan al héroe. Y la mentira, claro. Esa gran aliada cuando no te importa más que tu propio trasero.
Pero sea una cosa o la otra, los héroes no son héroes. No existen los héroes. Son los padres.
Renacimiento
Esta palabra es increíble.
Define un momento de transición, un momento en el que las cosas cambian para mejor. Sí, para mejor, pues si cambian pero no es para mejor entonces es oscurantismo. Cambios radicales, totales, el ave fénix destruyéndose a si misma y resurgiendo de sus cenizas. Una nueva etapa. Un ciclo muerto y enterrado tras un tiempo de agonía y otro vivo y naciente, que espera sus mejores momentos.
Históricamente, es el periodo que cierra la edad media, que empezó a abrir las puertas de la gloria a la gente de valía. Ya no contaba quién eres, contaba cómo eres. Cierto, esto no cristalizó aún en esta etapa, todavía no ha cristalizado hoy en día del todo. Pero marcó lo que vendría más tarde en Francia (libertad, igualdad, fraternidad). Y dió a Leonardo, Galileo, Kepler...
La expresión "hombre del Renacimiento" sigue aplicándose a aquellos cuyo interés por todo les lleva a disfrutar de todos los conocimientos posibles. No "aprendiz de todo, maestro de nada", más bien "aprendiz de todo, maestro de varias cosas".
Estos últimos meses estoy viviendo mi renacimiento. En todos los sentidos. Mi vida cambia, para mejor. Dejo atrás etapas que estaban muertas pero no enterradas, busco mi valía, busco "libertad, igualdad, fraternidad" (y algo que no decían los franceses entonces, justicia) y a menudo la encuentro. Y todavía no he perdido la ilusión de conocer.
Lástima que tanta gente siga con su mentalidad pre-Renacentista.
Define un momento de transición, un momento en el que las cosas cambian para mejor. Sí, para mejor, pues si cambian pero no es para mejor entonces es oscurantismo. Cambios radicales, totales, el ave fénix destruyéndose a si misma y resurgiendo de sus cenizas. Una nueva etapa. Un ciclo muerto y enterrado tras un tiempo de agonía y otro vivo y naciente, que espera sus mejores momentos.
Históricamente, es el periodo que cierra la edad media, que empezó a abrir las puertas de la gloria a la gente de valía. Ya no contaba quién eres, contaba cómo eres. Cierto, esto no cristalizó aún en esta etapa, todavía no ha cristalizado hoy en día del todo. Pero marcó lo que vendría más tarde en Francia (libertad, igualdad, fraternidad). Y dió a Leonardo, Galileo, Kepler...
La expresión "hombre del Renacimiento" sigue aplicándose a aquellos cuyo interés por todo les lleva a disfrutar de todos los conocimientos posibles. No "aprendiz de todo, maestro de nada", más bien "aprendiz de todo, maestro de varias cosas".
Estos últimos meses estoy viviendo mi renacimiento. En todos los sentidos. Mi vida cambia, para mejor. Dejo atrás etapas que estaban muertas pero no enterradas, busco mi valía, busco "libertad, igualdad, fraternidad" (y algo que no decían los franceses entonces, justicia) y a menudo la encuentro. Y todavía no he perdido la ilusión de conocer.
Lástima que tanta gente siga con su mentalidad pre-Renacentista.
jueves, febrero 03, 2005
Comienza la magia.
Viendo que todo el mundo ha decidido abrir blogs, pues me apunto. Así podré poner aquí las cosas que me apetezca poner, y como esta dirección se la voy a dar solo a la mujergata y alguna persona más, espero que por un tiempo no tendré que contenerme. Está claro que más adelante todo el mundo se acabará enterando, pero bueno. Mientras tanto, la estrella mostrará el camino que este mago sigue.
Si lees esto, eres bienvenido.
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